El Mal de Tourette
MANUAL PARA ESCAPAR DE LA REALIDAD

Un instante del espectáculo de Las flores no lloran en La Cripta / Manu Navarro

Un instante del espectáculo de Las flores no lloran en La Cripta / Manu Rocha

Bajar a una cripta siempre tiene un punto romántico —que se lo digan a nuestro amigo Bécquer—, y debería ser también algo tétrico. Pero los responsables de este nuevo espacio le borran este matiz cuando nos reciben con una sonrisa y nos invitan a adentrarnos en un sala de conciertos poco convencional. Esta noche, las bombillas son llamas sobre cera, y el suelo, moqueta verde con cojines sembrados. Al fondo hay un telón que no caerá durante la velada: es una suerte de gasa que permite ver lo que ocurre en el escenario.
Alrededor de las nueve, la música ya está sonando. Una sesión experimental llena el espacio que queda entre las animadas conversaciones que se suceden alrededor de la barra. Cada vez nos hacemos más conscientes de lo que suena: un crescendo constante que, poco a poco, arrebata el papel protagonista a las voces de la audiencia. Muchos se asoman para ver al Dj en la penumbra, pero nadie se atreve todavía a sentarse en el césped improvisado. La expectación crece con el volumen hasta que finalmente se proyecta sobre el escenario las palabras “Las flores no lloran”.

Nos acomodamos en nuestro particular patio de butacas: algunos se descalzan y cruzan las piernas al sentarse, otros se apoyan contra la pared y los más valientes se tumban boca abajo como un niño que ve la tele un domingo por la mañana. Paloma Peñarrubia aparece y, entre aplausos, se sienta al borde del escenario para darnos bienvenida, no solo al espectáculo de hoy, también a Oigovisiones: su sello de discos de vinilo que, además, traerá todos los meses a La Cripta conciertos, sesiones de electrónica y “cosas rarillas” como a ella le gusta decir. Tras los agradecimientos de rigor presenta a su compañero Azael Ferrer que estará a cargo del apartado visual. Comienza el espectáculo.

Los siguientes minutos son un viaje: galaxias y figuras geométricas, rojo y blanco. Aullidos y notas que se repiten como un sentimiento, como el latido de un corazón que florece para, momentos después, ser engullido por un bucle de bombo clap. Todo se sume en la oscuridad. La civilización se acaba y una melódica nos coge de la mano, nos guía entre cadenas de ADN que bailan perdidas en el infinito. Después de todo, y como siempre, amanece. Ya sólo queda un metalófono sobre el ruido de la nada. Nunca había visto tanto respeto y atención del público fuera de un teatro. Nadie ve el momento de aplaudir para no romper la magia. Paloma se acerca al micrófono y dice: “Ha sido una improvisación”. Y quiero más, aunque, lo bueno, si breve… -Miguel A. García Otalora

Galería de fotos de Manu Rocha:
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