Nos acomodamos en nuestro particular patio de butacas: algunos se descalzan y cruzan las piernas al sentarse, otros se apoyan contra la pared y los más valientes se tumban boca abajo como un niño que ve la tele un domingo por la mañana. Paloma Peñarrubia aparece y, entre aplausos, se sienta al borde del escenario para darnos bienvenida, no solo al espectáculo de hoy, también a Oigovisiones: su sello de discos de vinilo que, además, traerá todos los meses a La Cripta conciertos, sesiones de electrónica y “cosas rarillas” como a ella le gusta decir. Tras los agradecimientos de rigor presenta a su compañero Azael Ferrer que estará a cargo del apartado visual. Comienza el espectáculo.
Los siguientes minutos son un viaje: galaxias y figuras geométricas, rojo y blanco. Aullidos y notas que se repiten como un sentimiento, como el latido de un corazón que florece para, momentos después, ser engullido por un bucle de bombo clap. Todo se sume en la oscuridad. La civilización se acaba y una melódica nos coge de la mano, nos guía entre cadenas de ADN que bailan perdidas en el infinito. Después de todo, y como siempre, amanece. Ya sólo queda un metalófono sobre el ruido de la nada. Nunca había visto tanto respeto y atención del público fuera de un teatro. Nadie ve el momento de aplaudir para no romper la magia. Paloma se acerca al micrófono y dice: “Ha sido una improvisación”. Y quiero más, aunque, lo bueno, si breve… -Miguel A. García Otalora

























