El Mal de Tourette
HAVALINA: ROCK. EMOCIÓN. CONMOCIÓN.

El cantante de Havalina durante un momento del concierto en París15 / Hugo Espresati

El cantante de Havalina durante un momento del concierto en París15 / Hugo Espresati


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El protocolo de la abuela dice que es de mala educación contar lo alucinante que ha sido algo a quien no ha podido disfrutarlo. Pero en Modernícolas ya os avisamos de que había una cita ineludible con Havalina y Oh, Trikelians! la noche del jueves. Y como el que avisa no es traidor…

Oh Trikelians! pisaban el escenario a las diez en punto. Con guitarras a veces agresivas, a veces melosas, dresgranaron su último EP, Revelaciones. Las canciones, con título en nuestro idioma y letra en inglés, fueron calentando al público poco a poco. Pero también hubo lugar para echar la vista atrás: “No queremos olvidar los temas que hacíamos en aquella ludoteca escolar”, dijeron para presentar Sistema de clasificación de colores, un corte de su primer álbum que nos puso a bailar a todos. Para despedirse eligieron un tema “bonito”, como dijo el cantante con toda la razón. Emollergui fue creciendo en intensidad hasta desembocar en un coro épico. Todo el grupo y, por contagio, toda la sala cantó: “Oh, take me away”. Explosión de electricidad y final de un show muy bien defendido, sobre todo sabiendo quien encabezaba el cartel.

El directo de Havalina no se puede plasmar con palabras: una combinación de tablas, talento y mucha entrega hizo del de ayer un concierto que tardaremos en olvidar. La introducción de Desierto nos transportó progresivamente al universo de la banda. Cuando el primer riff rompió el silencio, supimos que había merecido la pena venir. Cada asistente trazaba su propia historia con las letras introspectivas. Fue en la tercera canción cuando se escucharon los primeros coros: “Cuantas noches me he querido reecontrar con mis sueños de esquimal”. Pero el trío madrileño no necesita temas conocidos para volvernos locos. Viaje al Sol, aperitivo de su próximo disco, fue breve y contundente, como un golpe de gong que quedó resonando en nuestros tímpanos.

Alguien no pudo contenerse y gritó: “¡Temazo!”, a lo que Manuel Cabezalí respondió: “Pues ese es el rollo”. El ambiente estaba más que caldeado y A golpe de bisturí hizo tararear a toda la París 15 su pegadizo estribillo. Parecía que habíamos llegado a la última: Desinspiración. El título de una canción nunca mintió tanto; con una interpretación pausada y llena de matices, consiguieron esa magia tan difícil de alcanzar. Las luces bailaron con las estrofas y el aire se hizo más denso, el corazón se nos encogió; costaba respirar. A mitad de canción hicieron algo poco habitual en un directo: cuando el público ansioso se vino arriba haciendo palmas, ellos pidieron silencio para continuar su triunfal ascenso a la cumbre. Al llegar allí, con la tormenta de distorsión soplando desde los altavoces, dejaron el escenario.

Algunos estábamos hechizados, y sólo los que lograron reaccionar pidieron más. David Cabezli nos avisó de que el batería estaba sangrando, pero eso no impidió que siguiera el espectáculo. El último viaje estaba marcado en el setlist como: “Lo que diga Ignacio”, pero el bajista no habló y prefirió arrancarse con el riff de Incursiones. Bajamos miles de metros, atravesamos la corteza terrestre y llamamos a las puertas del mismísimo belcebú. ¿Pecado? La lujuria: “Siempre quise estar tumbado y desnudo en tu habitación”. Todos cantábamos como zombies la letra y Havalina se crecieron hasta no caber en el escenario. Hicieron su propia incursión entre el público y, con un timbal y las palmas de todos, nos dijeron adiós. Entonces entendimos mejor que nunca por qué las despedidas son tan difíciles. -Miguel A. García Otalora

Galería de fotos de Hugo Espresati:

 

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