“Por donde quiera que fui,/la razón atropellé/la virtud escarnecí,/a la justicia burlé/y a las mujeres vendí”. Recitando estos versos de Don Juan Tenorio comienza Homero Rodríguez su interpretación en el Teatro Echegaray. Él, con un delantal de camarero como capa se enfrenta al público como un auténtico caballero. Y a continuación, cada personaje se presenta. Ella (Cristina Rojas -¡la entrevistamos!-), camarera y soñadora; él, aspirante a actor que se gana la vida poniendo copas. Ella, celebrando su treinta cumpleaños; él, un ligón de barra de bar.
Y así comienza un diálogo en el que los protagonistas enlazan un tema con otro de manera natural. Todos giran en torno a las relaciones de pareja y el sexo (“cuando te lías con un tío de 30 años se supone que ya vienen enseñados”) y, para ello, el guión se sirve tanto de flashbacks en los que cada uno cuenta sus experiencias, así como de su visión opuesta de estos temas, que consigue arrancar carcajadas a la concurrencia. Él, un bribón que está con una chica cada noche: “lo malo de estar soltero es que no puedes follar siempre que quieres, pero es que teniendo novia tampoco te lo aseguras”. Ella, sin embargo, nos muestra una parte de sí misma más cruda: “a los 20 años me quedé embarazada, mi hijo tendría ahora 10 años”.
Cambian los roles camarero-cliente (pasándose el delantal uno al otro) y así se suceden las horas en el bar, hasta que llega el momento de cerrar y él la invita a la última copa. Ella baila y él lo intenta como puede: “¿Cómo tiene que bailar un tío para seducir a una tía? O bailas bien o no lo haces, pero si ella insiste lo mejor que puedes hacer es el payasete y esperar que a ella le haga gracia”. Más risas durante la demostración de Homero, a lo que ella comenta: “Cuánto daño ha hecho Pulp Fiction a las pista de baile españolas”.
Llega el momento del beso: “Chicle y nata, y la boca sabe bien a pesar de los cubatas”, sentencia Homero; y, a continuación, comienza un rápido intercambio de afirmaciones. “Hay bocas de sal marina; hay bocas de sal y vete (…) Hay bocas que no dan beso, hay besos que no dan boca”. Tanto beber embriaga los sentidos y los protagonistas, con la bilirrubina por las nubes, toman un taxi, ansiando llegar a la casa de él. La cama es el nuevo escenario: “¿Cómo la pongo? Mejor ella abajo”, y así él comienza el frenesí entre las sábanas, culminado con un gran orgasmo de ella.
La timidez característica del día siguiente los despierta; se intercambian los teléfonos y se despiden. “¿La llamo? Venga, pero si suena cinco veces cuelgo para no parecer desesperado?”. Finalmente, quedan con la ilusión que sólo las primeras citas son capaces de despertar. “Quiero follar mucho con ella y, a lo mejor, con el tiempo descubrimos que estamos enamorados; y si no, que nos quiten lo bailao”, declara Homero. “Y que pase lo que tenga que pasar, aunque yo sola soy una naranja completa”. Con estas palabras Cristina y Homero cierran la obra. Y, tras un fuerte aplauso, estos Modernícolas abandonan el teatro con esa sonrisa que nos deja el haber disfrutado de una hora de identificación con los personajes y, sobre todo, de diversión y humor. -Claudia Morales Casas y Antonio R. Duarte













